El intercambio entre Damián Zepeda, exdirigente nacional del PAN, y Arturo Ávila, diputado plurinominal de Morena, terminó convirtiéndose en algo más que un debate político: fue una demostración de contraste entre experiencia electoral y narrativa oficialista.
Desde el arranque, Zepeda dejó claro el terreno en el que se movería la discusión. Mientras Ávila intentaba sostener el discurso del “éxito” económico y social del gobierno de Morena, Zepeda lo confrontó con datos, comparaciones internacionales y, sobre todo, con una frase que marcó el tono del encuentro: “Yo he ganado una, dos, tres elecciones. ¿Tú cuántas? Cero votos.”
El comentario no fue un exabrupto aislado, sino un recordatorio incómodo. Arturo Ávila ocupa una curul plurinominal, sin haber pasado por el respaldo directo de las urnas, y Damián Zepeda utilizó ese hecho para cuestionar no solo su legitimidad política, sino también la autoridad moral con la que intenta defender al gobierno federal.
Cada vez que Ávila apelaba a cifras “históricas” en empleo, inversión o reducción de la pobreza, Zepeda respondía desmontando los números: crecimiento económico cercano a cero, caída de la inversión, manipulación de datos nominales sin ajuste real y una narrativa que, según él, describe un país que simplemente no existe.
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El momento del “cero votos” terminó sintetizando el debate. Zepeda no solo se burló de la falta de respaldo electoral de Ávila, sino que lo colocó como símbolo de una clase política que presume resultados sin haber enfrentado nunca al electorado. “No es personal”, insistía Ávila. Pero la incomodidad era evidente.
Más allá del intercambio verbal, el episodio dejó claro por qué a Morena le incomodan este tipo de debates. Cuando la propaganda se enfrenta a la experiencia política real, el discurso se vuelve frágil. Y cuando un diputado sin votos intenta dar lecciones de gobierno, la ironía se escribe sola.
Al final, Zepeda no necesitó levantar la voz. Le bastó una frase —simple, directa y demoledora— para marcar la diferencia: cero votos.