La situación de Jorge Lugo Serrano expone una falla estructural del sistema penal mexicano. Desde hace casi 23 años permanece privado de la libertad sin una sentencia firme, bajo una prisión preventiva que en la práctica funciona como castigo permanente y sin control judicial efectivo.
Detenido a inicios de la década de los dos mil, Jorge Lugo denunció desde el primer momento haber sufrido tortura. Con el paso de los años, su expediente acumuló oficios, solicitudes y constancias que acreditan violaciones graves a sus derechos humanos, sin que el Estado haya corregido el daño ni modificado su situación jurídica.
Tortura comprobada y omisiones oficiales reiteradas
A lo largo del proceso, las autoridades aplicaron distintos dictámenes médicos. Un primer estudio descartó la tortura, pero la defensa logró que se practicara un segundo protocolo conforme a estándares internacionales, el cual confirmó que Jorge Lugo fue víctima de tortura durante su detención.
Lejos de activar medidas de protección o revisar la legalidad de la prisión preventiva, las autoridades prolongaron el caso. Incluso promovieron un nuevo dictamen que nunca se concretó por retrasos administrativos. Esa inacción mantiene vigente una medida cautelar que supera por décadas los límites constitucionales.
También, diversas solicitudes formales dirigidas desde 2022 a instancias federales para revisar el expediente y valorar un cambio de medida cautelar no han recibido respuesta sustantiva. Los oficios existen, pero no generaron decisiones de fondo ni acciones correctivas.
Salud deteriorada y encierro prolongado de Jorge Lugo
El paso del tiempo agravó el impacto del encierro. Jorge Lugo Serrano enfrenta padecimientos crónico-degenerativos que afectan su estado físico, emocional y mental. Su defensa sostiene que esas condiciones derivan tanto de la tortura acreditada como del confinamiento prolongado sin sentencia.
El caso llegó a mesas legislativas y a instancias de derechos humanos nacionales. Sin embargo, el patrón que se repite es el mismo: conocimiento institucional sin resolución efectiva. La prisión preventiva se mantiene, mientras la responsabilidad estatal sigue sin asumirse.
Sostener esta situación implica aceptar que una persona permanezca encarcelada durante décadas sin condena, en abierta contradicción con la Constitución y los estándares internacionales.