La Junta de Paz surge como una de las apuestas más ambiciosas de Donald Trump en política exterior y también como una de las más polémicas. Desde Estados Unidos, el presidente propone un nuevo organismo internacional con la promesa de resolver conflictos globales y redefinir el equilibrio diplomático.
Trump presentó la Junta de Paz como una iniciativa para estabilizar regiones en conflicto, tras el plan de cese al fuego en Gaza negociado en 2025. Sin embargo, el alcance del proyecto se amplió rápidamente y ahora plantea una estructura paralela a los mecanismos multilaterales tradicionales, con una presidencia indefinida encabezada por el propio mandatario estadounidense.
Además, el borrador constitutivo describe a la Junta de Paz como una organización capaz de intervenir en zonas afectadas por conflictos armados, sin limitarse a Medio Oriente. La propuesta generó inquietud entre aliados históricos de Estados Unidos, especialmente en Europa, ante la posibilidad de debilitar el papel de Naciones Unidas.
Quiénes integran la Junta de Paz de Trump
La Junta de Paz logró adhesiones principalmente fuera del eje occidental. Países de Medio Oriente, Asia Central y América Latina aceptaron la invitación, entre ellos Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Egipto, Turquía, Hungría, Argentina y Paraguay. Israel también respaldó la iniciativa, aunque sin presencia visible en la ceremonia de firma en Davos.
Asimismo, el estatuto establece una Junta Ejecutiva fundadora integrada por Jared Kushner, Marco Rubio, Steve Witkoff y Tony Blair. Trump preside el organismo sin límite temporal, mientras los Estados miembros acceden a periodos iniciales de tres años.
Por otro lado, potencias como Reino Unido, Francia, Noruega y Ucrania rechazaron sumarse, citando preocupaciones legales, constitucionales y la inclusión de actores como Rusia y Belarús. China confirmó su invitación, pero evitó comprometer su adhesión.
Críticas y riesgos de la nueva estructura
La Junta de Paz enfrenta cuestionamientos por permitir asientos permanentes a cambio de aportaciones millonarias, así como por su mandato ampliado. Analistas advierten riesgos de opacidad, concentración de poder y conflictos con el sistema multilateral vigente.
En consecuencia, la iniciativa avanza en un escenario de tensión diplomática. Mientras algunos gobiernos ven una oportunidad de influencia directa, otros temen que el organismo erosione normas internacionales construidas durante décadas. La ausencia de la mayoría de los líderes europeos en Davos reflejó esa fractura.
El estatuto prevé que los recursos recaudados se destinen a la reconstrucción de Gaza, aunque expertos alertan sobre la falta de mecanismos claros de supervisión financiera y rendición de cuentas.